De cuando terminé bailando con el Comisario de Abordo

Una vez, me tomo un vuelo a no importa dónde, con escala, vuelo como todos con su Comisario de Abordo. Un tipo corpulento, más bien alto, bigote de Bigote, serio como perro con un hueso en discusión. Yo no se si el laburo de un comisario de abordo es meter miedo, pero este metía. A la seriedad le sumaba una cara dura, angulosa, prolijamente afeitada, pelo corto y prolijo, como si los pelos tuvieran miedo de desviarse del camino marcado. Parado firme como rulo de estatua, las manos cruzadas a la espalda, la cara al frente, la mirada atenta a todos los detalles, parecía que desde donde estaba sabía hasta qué estabas pensando. Para redondear la imágen, tenía puesto un uniforme azul que le quedaba como pintado. Aunque ahora que lo pienso no me puedo imaginar a nadie más lejos del body painting.

Cuestión que escala con tormenta, alto cagazo, nos bajan a todos mientras revisan el avión y nos mandan a una de las puertas de embarque. Ya sabemos cómo es esto, te llevan de acá para allá, nadie te explica nada, no sabés cuánto vas a esperar, hace hambre, querés llegar de una vez, y no sabés que hacer. Los más platudos miran de arriba a todo el mundo y se quejan y los querés trompear, los demás, más curtidos, nos aguantamos las ganas de trompearlos, sumado a todo lo anterior. La imagen de siempre, gente tratando de dormir usando bolsos de almohadas, chicos embolados que se les quedan sin pilas los jueguitos, gente en grupos charlando, gente sola leyendo, gente mirándose de reojo, gente conociéndose y todos todos todos todos em bo la dísimos. A un costado, parado junto al mostrador, el Comisario de Abordo con toda su no onda. Era el único que no parecía estar molesto, ni cansado, ni ansioso, ni nada. Bah, esto último sí, nada.

De golpe uno de los pasajeros saca una guitarra, que no me pregunten cómo la había pasado como equipaje de mano, y se pone a tocar. Se le acerca otro con una verdulera y uno más con una trompeta, y entran a tocar. La gente, obviamente, se empieza a acercar, a armar la ronda. Los tipos tocando y cantando, nada muy agitado, alguna cosa brasilera, algún son, algún tanguito incluso, medio deformado por la trompeta. La gente se iba entusiasmando, animando a cantar, bailoteando en el poco espacio que había. No me pregunten de dónde alguien me pasa una botella de algo. Hasta parecía que las luces frías de la sala de embarque cambiaban a rojos y amarillos y naranjas.

Y ahí en lo mejor de un Lágrimas Negras, cuando media sala de embarque coreaba eso de que tu me quieres dejar, yo no quiero a sufrir y los músicos se miraban con esa felicidad de los músicos felices de conocerse a través de hacer música, justo en ese momento se acerca el Comisario, crease o no, más serio que nunca.

El tipo entra a la ronda con su cara de nada y nos fuimos callando todos, casi al mismo tiempo. Se acabó la fiesta, pensamos. Sabíamos que en algún momento alguien se iba a ortibar, seguro que algún otro pasajero, o alguien del aeropuerto o algo así. Pero que justo fuera este tipo era extra serio, incluso nos dio un poco de miedo.

El grandote nos mira con su cara inmutable, se acerca al del al verdulera, se saca la gorra, mete la mano en su bolso y dice, con su vozarrón grueso como él mismo:

Maestro, ¿no te sabei una de laaaaaa Mona?

y saca del bolso un fernet.

3 comentarios:

  1. No, no y no!! Me indigno! Esto lo inventaste?? Sí!
    Porque no puede haber sucedido, eh!!
    (buenísimo y escrito muy lindo =D )

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  2. Si esto paso te envidio. Siempre que quede varado estaba lleno de agretas pelotudos... y yo sin fernet.

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