Correr en Blanco

No conozco nada como salir a correr para ejercitar el cerebro. Cuando las cosas no salen, o recién vengo de viaje y estoy cansado, o llevo un rato demasiado largo haciendo lo mismo y necesito que trabaje alguna parte diferente de mi cabeza; lo mejor es ponerse los cortos, las zapatillas, mp3 y salir a correr un par de kilómetros por algún camino. Perder la vista en el paisaje, lograr un ritmo constante en el movimiento y en la respiración y cambiar de camino más por instinto que por otra cosa. Mejora la circulación, desentumece los músculos y, más importante, el cerebro deja de hacer falta y puede ir por el camino que quiera y necesite. A tal punto lo dejo volar que se me ha quejado gente de que me saludaron y ni los miré.

Poder salir a correr así es probablemente lo que más me gusta de haberme mudado al campo lejos de la ciudad, donde es imposible salir con tanta inconsciencia. Nunca tenés más de uno o dos lugares donde ir a dar vueltas, y encima tenés que ir hasta el lugar esquivando gente, autos y semáforos. Acá me cambio, salgo a la puerta y a la cuadra ya estoy en el trance que buscaba y además tengo kilómetros para recorrer, algún que otro cerro, algún bosquecito, y algún amigo a un par de kilómetros como para parar a tomar unos mates si en el camino me doy cuenta que lo que me está haciendo falta es eso.

A veces me pregunto qué hacía cuando vivía en la ciudad en estos casos, e inmediatamente me respondo: una siesta. La tengo tan incorporada que una de las señales de "necesito salir a correr" que aprendí a detectar es las ganas de dormir la siesta. La Siesta es igual de efectiva, pero menos productiva y menos controlable, puede durar media hora o tres sin que uno pueda hacer nada al respecto. Y si por hache o por be te la cortan, quedás inútil para el resto del día. Así que siempre prefiero salir a correr. Claro que hay veces, cuando estuve despierto hasta muy tarde, o es muy invierno y oscurece temprano, o el clima no ayuda, o no dan las fuerzas para correr, que no queda otra que dormir un rato. Muchas veces me dan ganas de poder hacer las dos cosas juntas, dormir y correr.




Por más que la relación entre los sentidos y la consciencia esté al mínimo indispensable en estas salidas, siempre hay una memoria más o menos clara de cómo llegaste a donde llegaste. Esta vez no. De golpe me econtré corriendo por el medio de algún campo, sin ningún camino demasiado claro alrededor mio, ni lejos ni cerca. Apenas si recordaba haber salido a correr en algún momento, un recuerdo indistinguible del de tantas otras salidas.

Aflojé el trote, frené en tres o cuatro trancos y traté de entender dónde estaba. El sol ya se había puesto, aunque todavía había alguna claridad. Era la hora de las primeras luciérnagas, que serán muy lindas, pero no sirven para tener una mínima idea de para dónde están los puntos cardinales. Como además estaba en medio de una olla, rodeada por unos barrancos o cerros a unos 600 o 700 metros de donde estaba yo no era sencilla la tarea.

Pero esa sensación de desubicación, de no tener ni idea dónde estaba me resultaba muy pero muy perturbadora. Vivía en esa casa hacía más de diez años, y aparte de las casi cotidianas salidas a correr para reactivarme, había salido muchas veces a explorar, sistemáticamente, mapa en mano. Conocía muy bien la zona a cuatro o cinco kilómetros a la redonda de casa, incluso más que algunos que vivieron ahí toda la vida. Y sin embargo en ese momento no tenía ni idea dónde estaba, ni cómo había llegado ahí, ni para qué lado estaría alguna zona conocida. Y ojalá eso fuera todo. La desubicación no era sólo geográfica. Todo el lugar era raro. No terminaba de reconocer las plantas, no terminaba de reconocer los ruidos ni los olores ni los vientos. Hasta el color del cielo y la textura de la tierra estaban mal.

Para tratar de mantener la calma, no dejarme llevar por cierto pánico que estaba creciéndome por todo el cuerpo, traté de concentrarme en tomar decisiones prácticas, racionales e inmediatas. Lo primero era subir los barrancos por algún lado y mirar desde ahí. Y si uno viene corriendo en una dirección y quiere volver, lo más razonable es dar media vuelta y arrancar para el otro lado, así que hice eso y empecé a caminar. Mientras, mi parte inconsciente, instintiva o como quieran llamarle se preguntaba alarmada: ¿Realmente venía en línea recta? ¿Cuándo bajé esas barrancas? ¿Por qué no lo recuerdo? ¿Realmente fue media vuelta lo que acabo de dar? ¿Estoy caminando en línea recta ahora? Ni siquiera algo tan trivial como dar media vuelta parecía funcionar bien. Mi otra parte, la práctica se preocupaba por cosas como ser cómo iba a ver cuando se terminara de poner el sol, si sería una noche de luna o cuán lejos estaba considerando lo poco cansado que estaba. En armonía ambas partes se preguntaban quién sabe, vidita, por dónde andaré.

O la barranca, círculo de cerros o lo que fuera estaba más lejos de lo que creía, o las distancias tampoco funcionaban bien ahí, porque caminé un rato y no parecía acercarme demasiado. El suelo estaba blando y húmedo de rocío. No había nada que insinuara siquiera el paso de alguna otra persona, o algún animal más o menos grande. Parecía un campo completamente virgen, un lugar nunca visto por nadie. Tampoco parecía andar bien el tiempo, porque hacía demasiado rato que tendría que haber sido de noche. Odio esa hora del atardecer, donde ya es muy de noche como para ver bien y muy de día como para dejar de ver con la luz natural. Esa tensión de esperar a que el sol se termine de poner y se haga definitivamente de noche me afecta todos los nervios. En este caso debía ser una bendición seguir pudiendo ver, pero al ánimo que llevaba no le servía para nada.

Lucecitas de colores, amarillas, rojas o verdes se movían acá y allá. Bichos luminosos en cantidades que nunca había visto, aportando a la extrañeza del lugar. ¿Por qué seguían tan lejos esos cerros? ¿Por qué no vi antes esa piedra si parece que me llega a la cintura? ¿Por qué tiene esas manchas fosforescentes? La última es la más fácil: hongos fosforescentes creciendo en las grietas de la roca. Otra cosa nunca vista. Decidí sentarme en la piedra un rato a calmarme y tratar de escuchar, ver o sentir un poco mejor el lugar, buscando casi desesperadamente alguna pista, algún signo que me permitiera volver. Y también, medio inconscientemente, buscando que pasara ese momento de luz fantasmagórica.

La oscuridad se negaba a terminar de ocupar el ambiente, pero el rato que pasé ahí sentado sirvió para que la luz del crepúsculo le diera su lugar a la luz de una luna casi llena que apareció arriba de algún borde de las barrancas. Subió también el ruido de insectos y sapos y ranas, común en las noches de campo. Pero algo seguía sin sonar del todo bien. El ritmo o el tono o el timbre del barullo. Uno no sabe cuánto se acostumbró a los sonidos de fondo hasta que deja de oírlos. De pronto quedarme sentado en esa piedra dejó de parecer una buena idea, así que arranqué para el lado de los cerros a paso redoblado. Ya no quería estar ni un momento más en ese valle, quería pasar a la siguiente estación del viaje.

Aparentemente esta vez estaba más cerca de los cerros que lo que creía, porque de pronto el terreno empezó a subir, despacio al principio, pero cada vez más pronunciado. Temí que se hiciera demasiado empinado y me frenara, pero no llegó a tanto. El suelo estaba más seco a medida que subía, lo que me facilitaba la subida. Era lo único que me lo facilitaba, porque ni los ruidos cada vez más alejados, ni el color violáceo del cielo, ni las estrellas irreconocibles, ni las cortaderas y las ramas que me agarraban los tobillos cada tanto me venían bien. Algo instintivo me decía que hacía mal en irme de esa olla, y ya me estaban empezando a cansar los instintos contradictorios. El aire se hacía más fresco a medida que subía y al mismo ritmo parecía aclarárseme el cerebro, la parte más racional tomaba el control y trataba de dejar los instintos en la trastienda que les dedicaron tantos años de evolución y civilización.

Por fin empecé a ver cerca el borde del barranco, pronto podía esperar tener una vista más o menos razonable de lo que había alrededor, ver algo que me marcara el camino de vuelta. Un esfuerzo más y la pendiente cedió y se transformó en cima. Llegar a la cima de un cerro siempre es un logro, una sensación de victoria sobre la naturaleza. Siempre levanta el ánimo, por alto que venga y esta vez venía bastante bajo. Antes de mirar seriamente a la distancia necesité darme vuelta y mirar al valle que acababa de derrotar. La visión, porque no se le puede llamar de otra manera me sobresaltó y di un par de pasos para atrás. Había bajado una niebla sobre el valle, que parecía difuminar la luz de la luna y de los hongos y los insectos. Lo que se veía era una masa de vapor fosforescente, con algún rayito rojo o incluso azul o violeta zumbando aquí o allá. Era una imagen fascinante y temible, y agradecí a los dioses en los que jamás creí haberme logrado ir de ahí y no tener que volver jamás.

Le di la espalda al valle y traté de incorporar el nuevo paisaje. No había mucho para ver. A la luz de la luna se veía una pampa con algunos árboles por aquí y allá. Ninguna luz, algún cerro más o menos a la distancia, quizás unas montañas más altas más lejos, quizás solo oscuridad. Menos aún sonidos. Después del concierto del que venía, aquí apenas si se oía el viento que sin embargo soplaba más fuerte. Sin mejor razón para elegir un rumbo por sobre el otro, me dejé empujar por él y caminé en algún rumbo indefinido, siempre alejándome de la barranca que acababa de trepar. A medida que me alejaba empezaron a subir ruidos de grillos y chicharras, como si me fuera curando de una sordera. Sonidos que se convirtieron rápidamente en ruido blanco, en fondo, indistinguible del silencio anterior. Tan acostumbrado estaba que me sobresaltó oír el ladrido de un perro a la distancia.

Parecía venir de lo más oscuro de lo oscuro, pero sonaba clarísimo. Sin detenerme a pensar si sería cimarrón o domesticado, traté de entender de dónde venía y encaré para ese lado. Tenía la esperanza de que me estuviera chumbando a mí, pero a los pocos metros lo dejé de oír. Igual seguí adelante y el premio fue que una eternidad y un bosquecito después, vi la lucecita de un fogón y volví a escuchar ladridos. Me tuve que tomar un momento para cambiar el aire, y calmarme un poco, no fuera cosa que el perro me rajara a mordiscones. Mientras, traté de estimar la distancia, pero entre la oscuridad y que las distancias seguían funcionando mal, no hubo manera. Así que me puse a caminar hacia la luz.

El fogón estaba más lejos y era bastante más grande de lo que creía. Casi alto como una persona, alimentado por troncos gruesos y secos, a juzgar por la falta de humo. A menos de un metro, sentado en una piedra bajo unas higueras, un viejo de barba larga, que quizás alguna vez fue rubia, negra o colorada. Piel tostada de hombre de campo, arrugas de quien vivió toda su vida al sol. Los ojos hundidos, negros y con más años vividos que su dueño, miraban adentro del fogón, fijos en una larga distancia que era ahí nomás. A veces parecía murmurar algo, hablar con alguien que no estaba ahí. No se inmutó cuando me acerqué, sólo se cebó un mate, el enésimo, en una calabaza pulida por el uso, desde una pava negra, antigua y pesada, tan amoldada a sus manos como sus manos a ella.

Lo saludé sin alzar mucho la voz, como para no sobresaltarlo, pero siguió ensimismado. Subí la voz un par de veces y nada. ¿Sería sordo? ¿Ciego? ¿Estaría loco? ¿Estaría ahí realmente? Esas dos últimas preguntas podrían hacerse sobre mí también, idea que me volvió a asustar. Pero sentía el calor del fogón, y por algún motivo no tenía dudas de que el fogón era real. La llamarada tenía realidad en la parte de mi mente más primitiva y animal. Con esa tranquilidad del fuego, sin dejar de mirarlo, volví a pensar en cómo comunicarme con el viejo que parecía pertenecer tanto a esa tierra como las higueras, las piedras y el pasto. Antes de llegar a hacer nada, el viejo hizo algo diferente y antes de ser consciente de la novedad ya había reaccionado automáticamente a su gesto: me había pasado un mate, y yo lo había agarrado. Sin dejar de mirar el fuego, sin dejar su monólogo entre dientes. Apenas insinuó un gesto apuntando a un tronco en el piso para que me siente a su izquierda.

Así que me senté mientras tomaba el mate. Lavadísimo, y uno de los más ricos de mi vida. Hasta que me senté y tomé ese mate no me había dado cuenta del frío que tenía y lo cansado que estaba. Le devolví el mate y traté de hablarle otra vez, pero no me respondió, siguió en la suya, con la mirada perdida en el fuego. Y como el fuego atrae e hipnotiza, perdí mi mirada en el fogón yo también. El cansancio me ganó, y ahí no sé bien qué pasó, pero aunque el viejo seguía cebándome sin que ninguno de los dos tuviera que estirarse, a veces lo veía enfrente mío, apenas distinguible atrás del fogón, o a mi izquierda, a veces tan lejos que apenas lo veía, a veces tan cerca que lo oía respirar y casi podía entender alguna palabra de su monólogo, pero no.

De pronto recordé los ladridos y me di cuenta que todavía no había visto ningún perro. El descubrimiento me sobresaltó, me despejó, o quizás me despertó, y pude darme cuenta de que el viejo me estaba mirando fijo, a los ojos, a lo más profundo de los ojos. Me quedé duro. Imposible leerle el gesto, el lenguaje corporal, qué estaría pensando, qué iba a hacer, qué tenía que hacer yo. Todos los sonidos de la noche se habían apagado. Ni el crepitar de los troncos se escuchaba. Y entonces el viejo habló. Una sola frase, con voz firme, pero sin levantar la voz: "Para volver, primero hay que llegar".

"¿Qué? ¿Llegar a dónde? ¿De qué habla?" Pero no me respondió. Me miró un rato más, se dio vuelta, volvió a mirar el fuego y enseguida retomó su monólogo y su mate sin cebarme más. De repente supe qué me había querido decir. Toda mi razón, mi instinto y mi cuerpo rechazaron la idea, pero era clarísima e indiscutible. Este viaje había empezado caminando hacia adentro de esa olla, y le había dado la espalda. Tenía que llegar al centro de la olla, a lo más profundo, o al final. O resignarme y quedarme en ese tronco para siempre. Así que me levanté y me volví al borde del valle del que venía, guiado un poco por su resplandor y más que nada por la seguridad de la idea que me había transmitido, vaya uno a saber cómo, el Viejo de la Higuera.



La vista desde el borde del barranco era peor que lo que recordaba, por más cliché que suene. Todo el valle estaba cubierto por una niebla lechosa, iluminada por la luna y por su propia fosforescencia. En la cima el silencio ensordecía, o quizás era el ruido de mi corazón latiendo a mil por hora, o era todo mi cuerpo que se negaba a bajar. Estuve un buen rato, o quizás fue apenas un instante, mirando esa niebla homogénea, tratando de entender a dónde tenía que ir. Así como la vista se acostumbra a la oscuridad también me terminé acostumbrando yo a ese blancogrís verdoso, y empecé a distinguir, o quizás imaginar algunos detalles. Aquí y allá claros, como caminos, por ahí más lucecitas de bichos volando, por allá más oscuridad, más lejos una piedra que trataba de sobresalir como dando manotazos en un mar que se lo llevaba. Y hacia el centro, la mayor concentración de niebla. Ahí la niebla era más densa: parecía sólida, parecía brillar más, parecía fluir para cubrir lo que quedaba sin cubrir de la olla y del mundo. Era claro que tenía que ir para allá, y esta vez no de la manera instintiva en que había interpretado la frase del viejo, sino con la consciencia de quien ha visto esto en mil historias.

Vino un ventarrón desde abajo y se me erizó toda la nuca. Ahora o nunca pensé. Y como nunca no era una opción, con un esfuerzo tanto físico como de voluntad di el primer paso barranca abajo. En seguida mis pies quedaron cubiertos por el vapor. Seguía bajando, ya me estaba por llegar al pecho cuando sentí que el piso se nivelaba y dejaba de bajar También sentí cierto alivio, porque no me agradaba la idea de meter la cabeza en esa niebla. Supuestamente estaba caminando más o menos hacia el centro que había visto, pero es muy difícil caminar recto sin tener ninguna referencia. El terreno, que no podía ver por más que me esforzara, estaba más o menos despejado por suerte. Temía tropezarme, o pisar mal, caerme y quedar desmayado, o perder la orientación, o quedar bajo la niebla y no poder salir. La masa de aire lechoso variaba en altura, a veces casi hasta el cuello, a veces por la cintura, y de vez en cuando cruzaban caminos de niebla baja, por los tobillos, dejando entrever el piso. Cada vez que pasaba por uno, frenaba y dudaba si seguirlos, tan tentadores que parecían torciéndose aparentemente hacia el centro. La idea me tentaba y me aterraba, y me paralizaba un momento hasta que decidía seguir por el camino recto que supuestamente me había impuesto. Ni bien abandonaba uno de estos caminos, era imposible volverlo a encontrar.

Nada era como debía ser. Del cielo veía sólo el negro de la noche, encandilado por la fosforescencia que me rodeaba. Los árboles o piedras que sobresalían del vapor se alejaban y acercaban al azar, sin la cortesía básica de acercarse primero y alejarse después. A veces mi caminata levantaba enjambres de insectos ruidosos, pero que jamás veía, o luminosos que jamás oía. El suelo alternaba entre barro y piedras, hojas muertas y pastos, sin ningún orden que pareciera razonable, sin árboles para que dejen las hojas ni agua que embarre la tierra, ni nada que asegure que el pasto no crecía sobre las piedras. Por momentos era imposible reconocer ese valle que recorría como el valle en que me había encontrado ese atardecer que parecía ya días, semanas, eternidades atrás.

Sin aviso, la niebla empezó a moverse, sacudida por un viento bajo que parecía surgir de la ella misma. La masa vaporosa que hasta entonces parecía sencillamente estar ahí, empezó a moverse, a agitarse, a arremolinarse y pelearse consigo misma. Olas de vapor caían unas sobre otras, empujadas desde abajo por otras más. Nubes de ese aire cargado cruzaban como trombas por todas las direcciones, se chocaban, se fundían y salían disparadas para alguna otra dirección. Toda la masa parecía sacudida por un peligro inminente, parecía prepararse para pelear por su vida. Tuve que esforzarme cada vez más primero para avanzar, después para dar cada paso y al final tuve que dedicar toda mi fuerza a mantenerme en pie y con la cabeza por arriba de la neblina. Los vientos cruzados eran cada vez más fuertes y la niebla cada vez más densa. Sentía golpes en las patas y no se si eran ramas o piedras que se volaban o la niebla misma. Cuando creí haber recuperado un poco el aire y el tumulto pareció cansarse, traté de avanzar un poco pero el viento recrudeció y tuve que retroceder uno o dos pasos. La siguiente ráfaga casi me levanta del piso y me dejó boqueando como si fuera un golpe en el pecho. Había caído en uno de esos caminos de niebla baja. De ambos lados había una masa de vapor revuelto, pero ahí estaba el camino, tranquilo y tentador. Una invitación a correr libre.

Pero era demasiado tentador como para no ser una trampa, como para no llevar afuera del valle. Y si salía no iba a volver a entrar, porque no podía volver a hacer ese esfuerzo y también, no me pregunten por qué pensaba esto, pero estaba seguro de que si salía del valle esta vez la niebla me iba a seguir y cubrir todo. Así que me metí de nuevo en el tumulto, sin saber bien si iba en el buen rumbo, para afuera en círculos o qué. El viento recrudeció, así que probablemente iba bien, pero esta vez estaba más decidido, y no paraba de avanzar, aunque por cada cuatro pasos retrocediera tres. La niebla empezó a venir en oleadas, y a subir. Cada oleada quedaba un poco más alta que la anterior, y no parecía querer parar. La idea de quedar sumergido bajo esa niebla me aterraba. Hacía rato que no veía mis pies, y tenía que mantener los brazos levantados para poder verlos. Hacía tanto esfuerzo con ellos como con las piernas para avanzar y sostenerme. Tenía el vapor ya tocándome la cara cuando empecé a darme cuenta de que en cierta dirección la nube era más brillante. Y cada vez más, la fuerza contraria venía de esa misma dirección. Todo estaba raro y mal, pero dos más dos seguía siendo cuatro, así que traté de encarar para ese lado. El viento recrudeció y finalmente la niebla me terminó de tapar.

Era una sensación extrañísima de estar casi en medio de la nada, sin ninguna referencia de dirección más que "adelante mío", "atrás mío" y "a tal o cual lado mío". Además de estar respirando un aire agobiante, insuficiente, en medio de algo completamente hostil que quería frenarme y echarme o absorberme. Seguí avanzando hacia la única referencia que tenía, el brillo, sabiendo que ya no había a dónde retroceder, sabiendo que tenía que llegar o quedarme, y sin siquiera saber si llegar no sería finalmente quedarme. El esfuerzo fue creciendo, ahora intensificado por el aire escaso, por la desorientación y por la angustia. Todo era inútil, este era el camino final y probablemente yo estaba muerto hacía rato y todo esto no era más que la pesadilla final, el peor de los infiernos. Angustia pura, destilada y animal. Era demasiada resistencia. El mundo se había reducido a esa nube, y esa nube estaba en contra mío. Ya apenas distinguía para qué lado se suponía que tenía que ir. Ni se veía el cielo como para tener la tan humana fantasía de irme volando y abandonar todos los problemas. El sabor y el olor de esa niebla habían terminado de invadir todo. Al tacto lo único que encontraba era esa humedad barrosa en el aire y el suelo. Sólo quería llegar a algún lugar más o menos sólido y quedarme ahí. No había más esperanza.

Me salvó el único sentido que estaba libre de la nube. Hacia el lado más brillante escuché ladridos. Leves, espaciados, pero indiscutiblemente perrunos. Me tomaron tan de sorpresa que me olvidé de toda la angustia, me olvidé de toda la desesperanza. Para aquel lado había alguien que llamaba, había que ir para allá. Junté todo el aire que pude, toda la voluntad que me quedaba, todo mi orgullo tajeado por la neblina y di un paso. Y después otro, y después otro más. La resistencia creció, y también creció mi fuerza. Y a medida que me acercaba los ladridos sonaban más fuertes, más insistentes y más claros. El brillo aumentó, se hizo más blanco, más fosforescente. A cada paso la niebla me enceguecía, pero al mismo tiempo se hacía menos densa, menos sólida, aunque no por eso menos resistente. Ya no estaba peleando contra una nube sino contra luz pura y sólida. Los ladridos crecían, la sensación de estar en medio de la nada, en la pura abstracción crecía aún más. Todo era blanco, cada vez más brillante, cada vez más resistente, ahogando los ladridos que estaba siguiendo, a punto de derrotarme otra vez. Seguí avanzando con el último resto de voluntad. La luz se hizo más caliente, el brillo aumentó una última vez, me encegueció

y se resolvió en luz pura del sol en mi cara. Estaba tirado en la tierra seca a unos metros de mi casa. Desorientado. Agotado. Entumecido.

Me fui para adentro, sacándome los últimos restos de vapor de la ropa y el pelo.

2 comentarios:

  1. muy lindo Román! casi que por momentos me sentí incómodo... y se sintió bien.

    abrazo!

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